El 3 de enero de 2026 el mundo amaneció con una noticia que sacudió al continente: la operación militar de Estados Unidos para extraer al dictador Nicolás Maduro y llevarlo ante la justicia norteamericana, que lo acusa de delitos de narcotráfico. En un solo movimiento, Washington reconfiguró por completo el tablero político venezolano.

Para los antiguos griegos, la política no era sentimentalismo: era administración del orden. Platón advertía que cuando los Estados son gobernados por hombres sin virtud, el poder degenera en tiranía. Aristóteles fue aún más claro: “Donde no gobierna la ley, gobierna el capricho”.

Durante más de 25 años de dictadura, el régimen chavista utilizó un sistema judicial degradado como herramienta de sometimiento. Encarceló opositores —reales o inventados—, nacionales y extranjeros, persiguiendo distintos objetivos según el momento político interno y las presiones internacionales.

No fue un accidente histórico: fue la consecuencia natural de una ambición personal sin límites ejercida desde un gobierno originalmente democrático. Platón describía este proceso como el paso previo a la tiranía: cuando la igualdad se vuelve excusa para destruir la jerarquía y la libertad se convierte en permiso para el abuso.

Desde líderes opositores hasta ciudadanos comunes que osaron protestar, todos podían convertirse en presas de un Estado decidido a eliminar cualquier rastro de disidencia. Acusados de “traición a la Patria”, “terrorismo” o “propagar el odio”, las detenciones arbitrarias se volvieron rutina y el terror se institucionalizó.

El hombre es un animal político, pero solo florece dentro de una polis ordenada. Cuando el poder deja de proteger la ley y empieza a protegerse a sí mismo, deja de ser gobierno y se vuelve dominio. El régimen lo demostró con creces: no solo

persiguió a venezolanos, sino que incluso capturó ciudadanos extranjeros bajo acusaciones delirantes —“mercenarios”, “espías”, “terroristas”—, usándolos como fichas de negociación. Para la dictadura no eran personas: eran instrumentos.

Ahí aparece la advertencia de Sócrates “El tirano no gobierna, posee. Y lo que posee lo consume”.

Hoy se sabe que más de mil venezolanos y extranjeros permanecen en prisiones: desde el Helicoide hasta Yare, El R

odeo, Tocorón, Tocuyito y otros centros del SEBIN y la DGCIM. Muchos murieron en circunstancias que solo pueden describirse como lo que fueron: asesinatos perpetrados por sus torturadores.

Pero el 3 de enero todo cambió.

Lo que parecía un gobierno sólido se desplomó en un torbellino de traiciones internas mientras miembros de la Delta Force embarcaban a Nicolás Maduro y a Cilia Flores rumbo al USS Iwo Jima. Desde el Salón Oval, el presidente estadounidense marcaba el ritmo: la transición había comenzado.

La presidente designada, Delcy Eloína Rodríguez, debe ahora recorrer la hoja de ruta definida desde Washington. El primer paso es inequívoco: la liberación inmediata de todos los presos políticos. Su hermano Jorge Rodríguez anunció “liberaciones masivas”. No lo fueron. La vieja lógica sigue intacta: simular, demorar, ganar tiempo.

Como recordó Aristóteles: “La corrupción no se destruye con palabras, sino con actos.”

La nueva, pero en el fondo vieja cúpula chavista parece no comprender que el mundo ha cambiado. Sus aliados miraron hacia otro lado. Rusia, China, Irán y otros socios oportunistas demostraron lo que siempre fueron: comerciantes de poder, no defensores de principios.

Tampoco deben creer que su permanencia implica reconocimiento o legitimación. Es, más bien, resultado de las lecciones aprendidas por Estados Unidos en Oriente Medio, particularmente en Irak y Afganistán, donde la eliminación total de un gobierno sumió a ambos países en crisis de liderazgo y propició la aparición de infinidad de grupos que sembraron la anarquía. Esa alternativa ya no es posible y mucho menos en nuestro continente. Venezuela no puede convertirse en otro Haití. Realpolitik en su sentido extremo.

Al mismo tiempo, el giro geopolítico impulsado por Trump, el fin del viejo atlantismo y la reafirmación del liderazgo hemisférico estadounidense, establece un nuevo orden en el continente.

En ese contexto no hay margen para juegos ni maniobras dilatorias.
La nueva geopolítica no deja espacio para regímenes sostenidos en el miedo.

Venezuela tiene hoy la oportunidad histórica de convertirse en un pilar estratégico del hemisferio y apalancar allí su reconstrucción.

Pero toda transición exige lo que Aristóteles llamaba areté: virtud cívica. Sin ella, el poder cambia de manos, pero no de naturaleza.

La hoja de ruta es clara, la liberación total de los presos políticos, el desmantelamiento del aparato represivo y criminal paraestatal y la restitución plena de la soberanía popular.

Ignorar esta realidad convertiría a Delcy Eloina Rodríguez en una malabarista torpe, intentando sostener antorchas encendidas sin advertir que cualquier movimiento en falso puede quemarla a ella y arrastrar a todo un país porque, cuando la razón abandona el poder, el fuego no distingue culpables de inocentes

62 thoughts on “LA CORRUPCION NO SE DESTRUYE CON PALABRAS, SINO CON ACTOS

  1. 333985 dice:

    wish you best and best

  2. 啪啪导航 dice:

    色即是空,空即是色

  3. Malcolm3888 dice:

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