Desde los primeros cañones de bronce que disparaban piedras hasta las actuales municiones guiadas y misiles de precisión, la artillería ha acompañado cada etapa de la evolución militar. Su función nunca fue conquistar el terreno, tarea que corresponde a la infantería y la caballería, sino ayudar a crear las condiciones para que esas armas de combate puedan hacerlo, suprimiendo al enemigo y transformando temporalmente el campo de batalla en una verdadera “tierra de nadie”, ya sea una operación ofensiva que requiere un defensor cansado y aturdido, con sus líneas de abastecimiento y comunicaciones cortadas o interrumpidas como en una operación defensiva buscando darle tiempo y espacio a las tropas empeñadas en combate para poder desprenderse y replegarse.
La artillería se puede definir en el sentido más clásico como el arma de apoyo de fuego por excelencia de las unidades de combate de infantería y caballería o como el arma sobre la que se desarrollan las maniobras de fuego y movimiento para consolidar los objetivos.
En la doctrina militar contemporánea el apoyo de fuego constituye uno de los elementos esenciales de la maniobra terrestre. Su función no es conquistar el terreno, tarea propia de las fuerzas de maniobra, sino crear las condiciones necesarias para que estas puedan hacerlo mediante la supresión, neutralización o destrucción de las capacidades del adversario. La artillería, como principal medio de apoyo de fuego terrestre, actúa sobre la profundidad del campo de batalla afectando la libertad de acción del enemigo.
La eficacia del apoyo de fuego moderno depende de la integración de sensores, sistemas de mando y control y medios de fuego en lo que doctrinariamente se conoce como la cadena sensor-tirador. Esta integración permite detectar, identificar y batir objetivos en tiempos cada vez más reducidos, aumentando significativamente la velocidad de la decisión y la precisión de los efectos en combate.
En consecuencia, la artillería moderna se define por cinco atributos fundamentales: alcance, precisión, movilidad, supervivencia e integración en redes de mando y control. La ausencia de cualquiera de estos elementos reduce de forma crítica su capacidad de influir en el campo de batalla contemporáneo.
Sin entrar en un análisis técnico o doctrinario particular sobre cada sistema de armas, sobre lo que hay toneladas de papel escrito y sin ser un especialista en la materia, quiero volver a remarcar que lo expresado en esta serie de artículos solo refleja mi apreciación sobre el tema y no pretendo ser poseedor de una verdad revelada solo plantear temas sobre los que solo hay muchas mas dudas que certezas y donde los “planes del papel” están muy lejos de las verdades fácticas.
El concepto de “apoyo de fuego”, sin embargo, no se limita exclusivamente a la artillería, sino que integra desde las armas de apoyo de los regimientos de infantería y caballería, como también los medios aéreos, desde drones hasta cazas de superioridad aérea o bombarderos estratégicos.
La artillería posee los medios materiales para batir objetivos en la profundidad mediante el tiro indirecto y cada vez de mayor alcance.
Una muestra de esto se vio en la Guerra del Yom Kippur donde los árabes aplicaron la doctrina soviética de volumen y planificación centralizada, mientras que Israel privilegió la flexibilidad, la movilidad y el empleo más descentralizado del fuego.
La actual guerra de Rusia-Ucrania nos muestra varios aspectos destacables y en algún sentido antagónico del uso de la artillería, pero al mismo tiempo están sentando los nuevos parámetros básico o mínimos que una artillería moderna debería cubrir.
Por un lado, está más que claro que el calibre a adoptar es el 155 mm, calibre que ha centralizado el desarrollo de municiones dirigidas y asistidas, de largo alcance y alta precisión. Al mismo tiempo deben poseer una alta movilidad para ganar en supervivencia en el campo de combate moderno plagado de drones y radares de trayectoria capaces de detectar de forma casi inmediata la ubicación de las baterías para efectuar fuego sobre ellas.
Ahora bien, volvamos a “batir el blanco” de esta serie de artículos.
Nuestra Patagonia tiene aproximadamente 760.000 kilómetros cuadrados lo que representa más de un cuarto de la superficie nacional y es la región donde se concentran las mayores riquezas en energía, tanto no renovables como el petróleo y el gas, como las renovables como la eólica o mareomotriz. Al mismo tiempo la minería “convencional” de oro y plata tienen en la Patagonia sus yacimientos más ricos y también concentran los yacimientos de “tierras raras” de altísimo valor económico y estratégico al ser los minerales requeridos en la industria de la tecnología civil y militar de la próxima generación.
En este punto es donde empieza a ser evidente la decadencia a la que llegó nuestro sistema de defensa nacional. Históricamente la República Argentina adhirió a la “escuela” occidental en cuanto al empleo de la artillería como un arma de apoyo de fuego que buscaba la precisión sobre el volumen, esta simple categorización de “apoyo” la puso dos o tres pasos atrás de los desarrollos, de por sí muy pobres, que se incorporaron a la caballería o la infantería al punto de convertirla en un arma prácticamente obsoleta en el campo de batalla moderno. Piezas en su inmensa mayoría remolcadas, tanto el Citer como el CALA son piezas totalmente analógicas lo que implica una enorme desventaja en cuanto al análisis estratégico. Esta primera mirada sobre la artillería argentina nos muestra otra triste y cruda realidad, la prácticamente inexistente artillería de defensa aérea hoy equipada con algunos pocos, muy pocos, cañones de 35mm y unos escasos misiles de corto alcance como los RBS-70 o los Roland sin ningún misil de mediano o largo alcance. Se podría afirmar que nuestra artillería está estancada en la 2da guerra mundial en cuanto a los medios disponibles.

En esta serie de artículos venimos sosteniendo el empleo de toda la familia de vehículos TAM en nuestra Patagonia y si bien ya están emplazados en ella los VCA Palmaria hay que notar que los mismos son insuficientes. Es importante hacer notar que en un cálculo “generoso” Argentina solo dispone de unos 20 disponibles frente a unos 48 M109 que dispone Chile con una superficie de 760.000 km cuadrados.
Urge el desarrollo o adquisición de nuevos ingenios para la artillería argentina, sobre todo para nuestras extensas llanuras ya que es dable destacar que el venerable Otto Melara de 105 mm todavía cumple sus funciones acabadamente en el ámbito cordillerano, pero que sus limitaciones en alcance fueron evidentes en la guerra de Malvinas.
Y para ser contundente con el concepto, la diferencia en los medios materiales y las desventajas que estas diferencias imponen cuestan vidas de soldados que son siempre el recurso más valioso que una fuerza armada posee, y reforzando esto también afirmo que esta diferencia o desventaja no se “equilibra” con la capacidad o el ingenio. La ITB o Instalación de Tiro Berreta demostró el ingenio y la gran capacidad profesional de nuestros soldados de la Armada Argentina que desmontaron un sistema de misiles Exocet MM38 y lo reconvirtieron en un sistema de defensa costera contra buques que fue utilizado exitosamente pero que no cambio el resultado. Capturado por los ingleses, el sistema fue estudiado y su concepto fue utilizado para el desarrollo del sistema Excalibur basado en el misil Exocet y fue emplazado en el Estrecho de Gibraltar.
La lamentable realidad de la artillería argentina impone un urgente plan de reequipamiento y actualización. La desactivación de la familia TAM, siempre por sesgadas limitaciones ideológicas y hasta intelectuales, hace imposible incrementar los VCA de esta familia la cual deberá ser reemplazada en un futuro de mediano plazo.
La artillería moderna no solo requiere alcance y precisión sino también una alta movilidad.
Ahora bien, se puede “llenar el bache” que hoy tenemos con sistemas de lanzadores múltiples de cohetes. Argentina tiene desarrollos actuales que le permiten fabricar estos sistemas en lo que podemos denominar de 1ra generación, estos son cohetes para saturación de área, como los sistemas CP 30 o el más veterano SLAM Pampero. Estos sistemas tienen una precisión muy baja, en el orden de los 300 a 500 metros, cuando son empleados en sus alcances máximos.
El desarrollo y las capacidades que ya tiene nuestro país nos permitiría en un corto plazo, en el orden de los 2 a 3 años, llevar este mismo ingenio a un sistema de 3ra generación con guiado inercial asistido por GPS le daría una precisión del orden de los 10 a 30 metros.
Todo esto en un desarrollo íntegramente nacional integrando las capacidades y competencias ya existentes del INVAP, CONAE, FADeA y empresas privadas que hoy desarrollan sistemas de drones. De la misma forma y con un rediseño del motor cohete y del perfil balístico del vector se podría pasar de su alcance actual en el orden de los 30 km a los 70 km con el mismo rango de precisión.
El desarrollo e incorporación de sistemas de lanzadores múltiples de cohetes mejorados no deben ir en desmedro de los sistemas de clásicos denominados “de tubo” que deberían ir hacia una estandarización en el calibre 155mm con la incorporación de municiones dirigidas y alcance extendido.
Y ambos sistemas integrarse con radares contrabaterias y redes de datos seguros. En este particular debemos tomar como referencia lo ocurrido en la operación de extracción de Maduro y lo que pasó en los primeros días del conflicto con Irán cuando sus sistemas electrónicos fueron anulados dejando fuera de combate sistemas de armas que podrían haber tenido un uso efectivo y real.
En este punto es también importante volver a mencionar que las características geográficas de la Patagonia hacen que sea el medio mecanizado el ideal para operar, vehículos de combate de infantería y de caballería que al mismo tiempo que deben ser acompañados en la velocidad del desplazamiento por los sistemas de apoyo de fuego terrestre que deben incorporar de manera urgente e imperiosa sistemas de defensa aérea móviles para brindar cobertura frente a la principal amenaza que este tipo de formaciones enfrenta que es el medio aéreo, ya sea drones, aviones de apoyo cercano o misiles.
Va de suyo recordar que prácticamente no existe posibilidad de éxito en operaciones mecanizadas o blindadas sin poseer al menos una cobertura aérea importante, ni que hablar de la muy deseada “superioridad aérea” que hoy ya no se limita a los aviones sino también a los drones.
Hoy nuestros medios blindados y mecanizados desplegados en la Patagonia, prácticamente en todo el país operan sin protección alguna contra esta amenaza. Situación lamentable que se repite en el resto del país.
Comparativamente podemos observar que nuestros vecinos Brasil y Chile operan vehículos Gepard, que son bateas Leopard con cañones bitubo de 35 mm y un radar propio para adquisición de blancos y mucho más odiosa sería la comparación con Nicaragua que opera los Shilka, que poseen montajes cuádruples de cañones de 23 mm. Ambos sistemas demostraron su valía en la actual guerra de Ucrania contra drones y munición merodeadora.
La artillería moderna combina masa, alcance, movilidad, precisión e integración sensorial. Ninguno de estos elementos puede faltar si se quiere defender un territorio extenso.

A diferencia de la “negación de zona”, implementado en el actual sistema de defensa nacional para la Patagonia, que busca impedir el acceso del adversario mediante la amenaza de fuego a distancia, el concepto de control de zona implica la capacidad efectiva y sostenida de monitorear, influir y dominar un espacio amplio en tiempo real.
En nuestro planteo teniendo a la Patagonia como principal territorio de proteger debemos cambiar al concepto de control de zona que en la actualidad depende menos de la presencia física constante y más de la combinación inteligente entre movilidad, sensores distribuidos y artillería de precisión conectada a una red C4ISR. Un sistema que integra drones ISR, radares nacionales, puestos de mando móviles y artillería autopropulsada permite ejercer un control permanente sobre corredores estratégicos, infraestructuras críticas y puntos de aproximación, detectando movimientos hostiles y respondiendo de forma inmediata con fuego preciso. Este enfoque no solo fortalece la defensa territorial, sino que reduce radicalmente los costos de ocupación estática: el territorio se controla no por cantidad de tropas, sino por la capacidad de ver, decidir y actuar antes que el adversario.
Argentina ya no puede seguir discutiendo su sistema de defensa como si viviera en un mundo de amenazas abstractas. La Patagonia, equivalente en superficie a países enteros como Pakistán o Venezuela, es demasiado valiosa para depender de capacidades de los años setenta. Apostar por artillería autopropulsada moderna, cohetes guiados producidos localmente y un sistema C4ISR nacional no es un lujo: es una decisión soberana. Es elegir que el país tenga capacidad real de controlar su territorio, proteger sus recursos y responder con eficacia a cualquier intento de presión externa. La tecnología existe, la industria existe y el conocimiento existe. Lo que falta es la decisión política de convertir esa capacidad potencial en capacidad efectiva. La defensa del territorio no es un gasto, es la base material de la independencia.
Excelente enfoque. Una semblanza que lejos de agotar el tema nos ubica en tiempo y espacio como territorio a tener en cuenta dentro de la realidad geopolítica mundial.
Esperamos mas aportes.
Gracias
Lic Hugo Alberto Diaz
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