ESTUDIAR, ADAPTAR Y AVANZAR

Vamos a pasar a analizar la situación del componente aéreo desplegado en nuestra Patagonia y como debería ser según los nuevos objetivos estratégicos que planteamos en esta serie de artículos.

Tanto la Fuerza Aérea como la Armada Argentina han sido las fuerzas armadas donde más se nota el proceso de destrucción llevado adelante desde 1982 y que todavía no tiene visos serios de un cambio de dirección, aunque hay que reconocer que hay señales alentadoras.

Y repito, no es que en estas fuerzas es donde se haya centrado este proceso, sino donde más se nota. Y donde de manera manifiesta de comprueba el abandono de los planes estratégicos y de largo alcance. Solo es necesario recordar que a principios de la década del ´50 la Fabrica Militar de Aviones diseñaba y estaba en capacidad de producir el Pulqui II convirtiendo a la República Argentina en uno de los primeros países del mundo en tener un caza de combate a reacción de diseño propio. Exactamente al mismo nivel que EEUU y la Union Soviética. Una Fabrica militar de Aviones que desde principios del Siglo XX venía diseñando y fabricando aviones, desde bombarderos livianos, aviones de transporte y cazas de combate, mientras que en Sao José dos Campos crecía la maleza.

Hoy Embraer es una empresa que diseña y construye aviones de nivel mundial tanto de uso militar como civil generando riqueza, trabajo y desarrollo en nuestro vecino Brasil.

La Fuerza Aerea Argentina sumado al componente aéreo de la Armada Argentina paso de ser la más importante del cono sur en 1980 con más de 100 aviones de combate, cazas supersónicos, cazabombarderos y bombarderos más otros tantos de apoyo a operar solo un puñado de cazabombarderos subsónicos y aviones de entrenamiento avanzado.

Mientras que nuestra Flota de Mar tuvo que vivir situaciones escandalosas como el hundimiento de un buque, prácticamente cero kilómetro como el ARA Santísima Trinidad protagonista del 2 de Abril de 1982, mientras se encontraba atracado y siendo canibalizado para medio sostener la operatividad de su hermano Clase 42 que al día de hoy cambio absolutamente su misión pasando de ser un Destructor a un buque logístico y de transporte. Triste final para un guerrero.

Pero volvamos al tema que nos ocupa que es el despliegue de medios aéreos permanentes en nuestra Patagonia.

“Dominar el aeroespacio para la defensa de la Patria” resalta la página oficial de la Fuerza Aerea Argentina al pie de una serie de definiciones de su misión que suena muchísimo más a una expresión de deseo que a una realidad fáctica.

Básicamente podemos determinar dos objetivos que deberían ser cumplidos en forma de simple secuencia. Controlar nuestro espacio aéreo, o sea ejercer nuestra soberanía, y multiplicar nuestra capacidad de ejercer esa soberanía proyectando nuestro poder nacional en caso de ser necesario frente a una agresión.

Si bien me voy a referir principalmente a la Fuerza Aerea, como la fuerza que tiene como misión principal el control de los cielos argentinos, está claro que no solo le corresponde a ella, sino que deberíamos hablar y realmente avanzar hacia la verdadera integración de las funciones para evitar superposiciones innecesarias o duplicación de esfuerzos principalmente cuando analizamos el aspecto estratégico

En este punto debemos tener presente las distancias y superficies enormes que debemos controlar y dominar efectivamente, tanto a Este como a Oeste.

La Guerra de Malvinas nos enseñó muchas cosas, desde el punto de vista del componente aéreo la facilidad con la que las unidades de combate pueden ser desplegadas en el terreno y operar desde las instalaciones disponibles aunque el abandono y la destrucción deliberada de capacidades también ha reducido las opciones y posibilidades limitando a Rio Gallegos, Comodoro Rivadavia y Rio Grande pero al mismo tiempo nos mostró en la práctica que las distancias son un claro condicionante en las operaciones militares, tanto terrestres, marítimas como aéreas. Los nuevos F 16 requieren de condiciones particulares, tanto de las pistas como de las instalaciones de soporte para poder operar.

Pero no todas son malas noticias, el gran avance de la tecnología propicio la irrupción de los drones como actores de relevancia en las operaciones de control y de combate siendo la Guerra Ruso-Ucraniana una clara demostración del nuevo campo de batalla multidominio y la utilización de nuevas tecnologías.

Drones de todo tipo compiten hoy con casi mano a mano con los aviones tripulados y los sustituyen y complementan ya en muchas funciones, aunque todavía falta mucho para reemplazarlos, si es que en algún momento lo hacen.

Ese es el camino que debemos empezar a transitar en forma seria. Nuestra Fuerza Aérea debe implementar en forma urgente una nueva especialidad dentro de la fuerza como ser el PILOTO de dron. Operadores que estén en capacidad de operar en forma permanente estos equipos que por una mínima fracción del costo de un avión cumplen las mismas funciones.

Escuadrones de Drones desplegados en Trelew y Rio Gallegos desde donde podamos ejercer un control efectivo sobre nuestra “pampa mojada”, fuente de casi infinitos recursos ictícolas permanentemente saqueados en nuestras narices, así como también incontables y al parecer muy importantes yacimientos de petróleo y gas off shore. Una superficie de más de 2.8 millones de kilómetros cuadrados de Zona Económica Exclusiva y de más de 6.6 millones de kilómetros cuadrados si consideramos la plataforma continental extendida aprobada por la ONU y para controlar toda esta superficie solo disponemos, hoy en día, de 3 P-3 Orion que, aunque pertenecen a la ARA integran lo que denominamos “Componente Aéreo”.

Estos Escuadrones de Drones deberían ser la columna vertebral del sistema de vigilancia de nuestro mar en sus funciones ISR, integrados con radares como los producidos por INVAP que destacan por su calidad y funcionalidad y delegando la interdicción, en caso de ser necesaria, a la Prefectura Naval Argentina o a la Armada de la República Argentina de ser necesario, aspecto este que será abordado en los próximos artículos.

Contar con vectores MALE (Medium Altitude Long Endurance) para las tareas de ISR que no solo como parte de la defensa estratégicas y control de las grandes extensiones marítimas, sino también para poder cumplir adecuadamente con los acuerdos internacionales firmados por nuestro país. A la República Argentina le corresponde por los convenios firmados en el marco de la OACI, el desarrollo y ejecución de misiones SAR en el Océano Atlántico Sur hasta la mitad del mismo donde la responsabilidad es transferida a Sudáfrica.

Pero el desafío estratégico de la Patagonia no se limita únicamente al mar.

Al mismo tiempo cubrir nuestra frontera terrestre por el oeste que tiene unos 2400 kilómetros de extensión y una superficie de unos 760.000 kilómetros cuadrados, que hoy están escasamente cubiertos por los distintos escuadrones de la Gendarmería Nacional.

Para nuestra frontera y superficie terrestre la situación es muy distinta. Hoy el componente aéreo argentino tiene un gran bache en cuanto a equipos, sistemas de armas o vectores, como se denominan. Algunos aviones de entrenamiento básico y avanzado que pueden ser adaptados a función de ataque ligero como el EMB 312 Tucano y el Pampa II y III, algunos muy pocos cazabombarderos A4 AR y los F16 que aún están en proceso de incorporación efectiva, más la flota de transporte.

Para poder ejercer el control y ejercicio soberano de nuestra superficie terrestre es fundamental equipar a la Fuerza Aerea con sistemas de armas que también cubran la función de ataque pesado y apoyo cercano. Una función que cumplía acabadamente nuestro IA 58 Pucará pero que con su desactivación quedo sin reemplazo.

En este punto también debe efectivizarse la integración de sistemas UAV no solo de función ISR sino también artillados que se complementarían en misiones con aviones de apoyo cercano. Teniendo siempre presente que un potencial conflicto en nuestra Patagonia será de carácter mecanizado o blindado.

Al mismo tiempo desarrollar y disponer de los sistemas que permitan efectuar una defensa afectiva sobre la amenaza que los drones representan tanto la guerra en Europa como la de Medio Oriente nos muestran hoy el papel central que ocupan estos sistemas de armas.

Es mi entender que debe estructurarse un sistema por capas y con funciones claramente diferenciadas, partiendo de una premisa básica: hoy no existe “el dron” como una amenaza única, sino una amplia diversidad de UAVs con perfiles, alcances y misiones muy diferentes.

La proliferación de drones tácticos, municiones merodeadoras y vectores de baja firma obliga a repensar la defensa aérea argentina bajo una lógica escalonada y con responsabilidades claramente diferenciadas.

La defensa aérea estratégica, orientada a la vigilancia del espacio aéreo nacional, la protección de infraestructura crítica y la detección e intercepción de amenazas de mayor alcance, debe recaer prioritariamente en la Fuerza Aérea Argentina, en tanto fuerza responsable del control aeroespacial, la alerta temprana y la conducción general del sistema.

Sin embargo, la irrupción de drones tácticos, enjambres y municiones merodeadoras ha demostrado que la defensa aérea centralizada resulta insuficiente por sí sola. La amenaza ya no se presenta únicamente en forma de aeronaves o misiles de alto desempeño, sino también como vectores pequeños, baratos, persistentes y capaces de saturar o degradar la capacidad de combate.

En ese contexto, el Ejército Argentino y la Armada de la República Argentina deben concentrar parte importante de sus recursos en la defensa anti-drone táctica y de proximidad, orientada a la protección inmediata de tropas, radares, columnas logísticas, instalaciones desplegadas, bases, puertos y buques en navegación.

De este modo, la arquitectura correcta no debe pensarse como una superposición de funciones entre fuerzas, sino como un sistema por capas, la Fuerza Aérea debe asumir el peso principal de la defensa aérea estratégica, mientras que el Ejército y la Armada deben garantizar la supervivencia táctica de la fuerza desplegada frente a amenazas de baja cota, baja firma y alta densidad.

Y esta actividad es una de las que más intensamente se está desarrollando y se va a desarrollar en la actualidad y el futuro muy cercano.

La guerra en Medio Oriente puso en evidencia que los sistemas de defensa aérea basados en misiles interceptores, si bien efectivos, rompen la lógica de proporcionalidad o economía de recursos. “No se puede matar un mosquito a cañonazos” reza un viejo principio militar enseñado históricamente. Sin embargo, es lo que está sucediendo hoy en día, drones de unos cuantos cientos o pocos miles de dólares de costo están siendo neutralizados por misiles que cuestan millones.

La defensa anti-drone moderna no puede depender exclusivamente de interceptores cinéticos. Debe integrar sensores, guerra electrónica, interferencia, spoofing, armas de proximidad y soluciones de bajo costo por disparo, de modo de preservar la economía de combate y sostener la defensa durante períodos prolongados de saturación.

Y en este punto quiero volver a resaltar la importancia vital que tiene entender que no es un sistema o vector aislado, sino la integración y coordinación efectiva de todas las partes involucradas.

Ninguna arquitectura moderna de vigilancia, control aeroespacial o defensa aérea puede sostenerse sin una red de sensores adecuada, y allí el aporte de la industria nacional adquiere un valor estratégico ineludible. En este punto, INVAP representa una de las capacidades más valiosas que conserva la Argentina en materia de defensa y tecnología aplicada. La posibilidad de diseñar, producir, mantener y evolucionar radares en el país no solo fortalece nuestra autonomía frente a proveedores externos, sino que además permite construir una red de vigilancia adaptada a las particularidades de nuestro territorio, nuestro litoral marítimo y nuestras necesidades operativas. Darle centralidad a estos desarrollos no es solo apoyar la industria nacional, es entender que, sin sensores propios, confiables e integrados, no hay soberanía efectiva posible.

Pero el tablero estratégico del extremo sur de nuestro país no se limita únicamente al control del mar y de nuestra frontera terrestre. Desde la Patagonia también se proyecta la presencia argentina hacia la Antártida, territorio sobre el cual nuestro país mantiene un reclamo de soberanía histórico que abarca más de 900.000 kilómetros cuadrados y que constituye una de las principales reservas estratégicas del planeta.

El denominado Sistema del Tratado Antártico, firmado en 1959, congeló las disputas de soberanía y estableció la utilización del continente con fines pacíficos y científicos. Sin embargo, el protocolo que prohíbe la explotación de recursos minerales podrá ser revisado a partir del año 2048, lo que inevitablemente reabrirá el debate sobre el futuro del continente blanco en un contexto de creciente competencia geopolítica global.

En un escenario internacional caracterizado por la disputa por recursos estratégicos, rutas marítimas y posiciones geográficas de valor militar, la Antártida adquiere una importancia creciente. Reservas de agua dulce, potenciales recursos minerales y su posición dominante sobre el Atlántico Sur y los accesos al Pacífico la convierten en un espacio de creciente interés para las principales potencias mundiales.

En este contexto, la Patagonia argentina se convierte inevitablemente en la plataforma logística y operativa natural para la proyección hacia el continente antártico. Las bases aéreas del sur del país, junto con los puertos de Ushuaia, Río Gallegos, constituyen las puertas de acceso al continente blanco y la pista de la Base Marambio en un elemento clave. Debemos empezar a plantearnos muy seriamente transformar esa pista de tierra compactada en una pista de concreto de unos 2000 metros dotada de un sistema de calefacción que le permita la operación durante todo el año. Esto, sin dudas, convertiría a la Base Marambio en la más importante en suelo antártico.

En este contexto también se vuelve imperiosa la incorporación de nuevas unidades de transporte mediano. El legendario C-130 Hércules debería ser nuestra opción natural: incorporar al menos dos unidades C-130H adicionales como solución de transición y comenzar progresivamente la migración hacia el C-130J con aeronaves nuevas, aprovechando toda la experiencia técnica adquirida durante décadas de operación de este veterano y probado avión de transporte.

En la práctica, el Hércules constituye el verdadero puente aéreo entre el territorio continental argentino y el continente antártico. La Fuerza Aérea Argentina debe disponer de una flota de transporte capaz de garantizar, en todo momento, el sostenimiento de las campañas antárticas como uno de los objetivos centrales de la defensa nacional.

Foto: Ivy Perrando Schalle @ivyperrando

De esta manera, el fortalecimiento del componente aéreo desplegado en la Patagonia no solo responde a la necesidad de controlar nuestro espacio marítimo y terrestre sino también a garantizar la capacidad de sostener una presencia permanente en la Antártida, condición indispensable para respaldar nuestros derechos soberanos en el futuro.

16 thoughts on “La Fuerza Aérea Patagónica

  1. Michael4285 dice:

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